La culpa de perder a alguien y las tareas que nunca consigo acabar - CONVERSACIONES CON DIOS
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El otro día entre la tarea, el trabajo y los miles de hobbies que tengo, no era capaz de encontrar emoción y felicidad. Hago una lista de las cosas que hago, porque ciertamente me gustan y las hago con pasión, pero esos días… no era capaz de encontrar el amor por lo que hacía.
Así que le escribí a mi mejor amiga, le conté de estos pensamientos que traía rondándome la mente. En específico, de un sentimiento de culpa por haber perdido a alguien que fue importante para mí y mi sentido de enorme responsabilidad ante tal extravío.

Su consejo, para mi sorpresa, fue: “habla con Diosito”. No esperaba que me dijera eso. Sus respuestas solían ser otras, nunca orientadas a Dios. Así que, cuando digo que me sorprendió, es porque realmente lo hizo. Me dijo que ella habla con Dios y escucha sus respuestas, que es algo que le ha servido.
Yo le dije que lo haría. Pero la verdad dejé que los días pasaran. Porque no estaba segura de qué respuestas me iba a encontrar, ni siquiera de si podía lograrlo.
Pero hoy al fin pasó. Por eso escribo esto ahora mismo. Porque escuché sus respuestas y me pareció que te podrían servir también a ti.
Hoy me he sentido perdida, es un sentimiento que traigo desde hace unos días. Como he dicho, amo mucho lo que hago, sin embargo, a veces mis emociones pueden más conmigo. Y en ocasiones tengo la impresión de que siempre hay algo que me falta por hacer. Como si no fuera suficiente.
De hecho, mi respuesta al cansancio, fue decirle a mis papás en la tarde que este día no me estaba gustando. Lo sentía como uno de esos momentos en los que ves las cosas avanzar, pero por alguna razón no son suficientes.
Decidida a intentar nivelar estas angustias, decepciones, preocupaciones y dolores del corazón, intenté solucionarlo a la antigua: tomando un baño. Usualmente me gusta escuchar música mientras lo hago, pero esta vez mi celular viejito de batalla no tenía batería y me negué a poner en riesgo el nuevo, así que decidí escuchar el agua caer. Y ahí comenzaron las preguntas.
Fueron muchas y algunas muy personales para las que se requeriría mucho contexto. Por lo que voy a contarte las dos que más me dejaron huella en el corazón:

AHORA SABES QUÉ PENSAMIENTOS NO VIENEN DE MÍ
—Hoy me has dado muchas respuestas —le dije a Dios—. ¿Pero cómo sé que son tuyas y no de mi propia mente?
—¿Y qué no los pensamientos de tu mente podrían ser mi voz? —me respondió.
—Ahí es donde te equivocas, porque entonces, todos esos pensamientos tristes y dolorosos que tengo, ¿también son tuyos?
—No, ahora sabes qué pensamientos vienen realmente de mí.
NO ES LA CANTIDAD, ES LO MUCHO QUE DISFRUTAS
—Me duele el estómago todo el tiempo. Es como si quisiera hacer tanto que no puedo lograr nada —le reproché a Dios con enojo.
—Puedes hacerlo —me respondió él.
—Pero si dices eso, ¿por qué no puedo hacerlo más rápido y en mayor cantidad? No puedo leer muchos libros, ni hacer miles de videos. ¿Cómo voy a ser feliz si no puedo con esto?
—Porque la vida no se trata de cuántos libros lees o de la cantidad de videos que grabas. Sino de cuánto disfrutas mientras lo haces.
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Las respuestas de Dios no siempre son lo que queremos escuchar, a veces también duelen. Pero sus respuestas, siempre, con el tiempo, terminan sanando lugares que no sabías que podían dejar de doler.
Es como cuando te enfermas de gripa y te acostumbras a la nariz tapada que no te deja respirar bien, y un día, de repente, el aire vuelve a sentirse tan fresco como antes.
Lo que Dios quiere decirte está a una conversación de distancia. Atrévete a hablar con él, cuéntale tus dolores. A veces el dolor no se acabará en un minuto, pero cuando menos lo esperes… el aire fresco volverá a estar en ti.