Por Luisa Fernanda || 3 de Septiembre de 2026
Hay algo curativo en salir a ver las montañas, el horizonte, las nubes, el cielo, la lluvia, el atardecer y la luna.
Hay algo curativo en ver hacia arriba, en sentir el aire moviendo tu cabello, a veces ligero como un susurro, a veces intenso como un aleteo que te obliga a reaccionar.
Hay algo curativo en sentir el pasto y la tierra bajo tus pies. En ver flores de colores y oler la tierra mojada después de una lluvia intensa.
Hay algo curativo en contarle al cielo tus sueños y anhelos.
Hay algo curativo en contarle a la luna tus miedos y dolores.
En días de desesperanza y tristeza, salir a ver las estrellas o las nubes, hace que la vida se sienta más ligera. A veces los pensamientos se ordenan por completo, otras solo se acomodan un poquito más. Pero cura… cura el sufrimiento del alma o potencia la alegría de un gran día.
Por eso, cuando alguien me dice que no logra ver a Dios, que lo siente lejos o que parece que lo ha abandonado, mi recomendación siempre es que salga, que camine entre los árboles y que mire un poquito el cielo, en el día y en la noche.
Que mire a las montañas y a las hojas que se mueven. Porque al hacerlo, ahí siempre lo puede encontrar.
Dios está más cerca de lo que creemos, solo a veces nos falta volver a mirar.